24 Una semana con Else

por Grettel J. Singer

Una semana con Else era justo lo que necesitaba. Su cuerpo ligeramente amputado y tatuado de códigos requería que la manejara con delicadeza, y según RW sus necesidades exigían el mínimo: una forma de apoyo y un pensamiento en su nombre cada día. Pero Else no es un maniquí cualquiera, y desde que se instaló en mi casa lo único que hago es pensar en ella, hablarle, contemplar su postura fiel y altanera. ¿Será acaso este plan de conquista una especie de demencia que se ha aferrado a mí? En efecto, Else es una excelente compañía. Escucha y observa, con esos ojos de rasgos asiáticos y algo bizcos que cautivan toda la atención, y a veces me sorprendo a mí misma deseosa de tocarla y con la mirada clavada en sus curvas o en ese cuello; ay, ese cuello tan largo y fino que me quiero comer a besos. Y esas tetas; Else tiene unas tetas fantásticas que me tienen hechizada.

 

Le preparo un té. Sí, RW, a Else le gusta el té con galletas, por si no lo sabías. Mis hijas, presas de una estupefacción crónica, beben el té mientras reparan con cautela en los dotes esculturales y el sofisticado porte de la invitada. Sé que fingen no ver lo que están viendo. La regañan y la acusan de haber andando en puntillas de una lado al otro de la casa desorganizando a sus anchas las dos últimas madrugadas. Yo que la hacía tumbada a mi lado como sólo ella pude ser y estar, bien tiesa. Es así, mientras más ternura esperes de ella más rígida se pone, inerte a decir verdad. Con esa cojera que es tan atractiva, con ese extraño rictus que acicala su rostro y a veces hasta quiero comerme esos labios que parecen de carne. Esto podría ser amor, pienso, y le transmito la idea telepáticamente. No sería la primera vez que me ilusiono con lo imposible y menos a estas alturas que ya he perdido toda noción de lo que significa ese conjunto de feelings, y pueda que Else sepa tanto o más que yo.

 

Su mejor cualidad es su perenne condición de mudez. Eso no quiere decir que no sea exigente, y que cada noche no tenga que arrastrar hasta mi cama ese cacho de dimensiones amazónicas que me dobla en peso y altura porque no soporta estar sola. Antes de dormir debo primero hipnotizarla mediante extensas explicaciones sobre la más insignificante hazaña en mi jornada, desmintiendo para mis adentros una y mil veces que se conforma con un simple pensamiento como sugirió RW. A Else le desagrada que la vistan, que es en definitiva el motivo por el cuál está aquí en casa. Intento en vano colocarle un traje cargado de flores que debo acabar esta misma noche. No, no y no, replica con su lenguaje corporal terco e iracundo, a su manera diabólica. Ya eso qué importa, pienso al mismo tiempo que modelo el vestuario frente a Else, porque para ella yo debo ser un maniquí también, como mismo veo yo maniquíes hasta en la sopa.

 

Else podría permanecer escudriñando mi librero la tarde entera mientras llueve y ni siquiera se inmuta con el relámpago que casi estalló contra la ventana. Luego la sorprende mi hija menor y la acusa de haber girado la cabeza como mismo gira la Tierra, a lo Regan MacNeil de El exorcista. ¿Qué quieres, Else? Pregunto obcecada, y ella se vuelve a quedar quieta, en su lugar, silenciosa. La niña pícara que se ha convertido en su agente responde por ella —dice que le gustaría escuchar una canción. —¿Qué canción? Me viene a la mente la música de Blossom Dearie y hago sonar su versión de Someone to Watch Over Me, y Else parece complacida. Advierto como el rictus se va convirtiendo en una amplia sonrisa.

 

Else posee una generosa gama de conocimientos y una comprensión redonda y certera de la vida tan fascinante que me dejo adoctrinar como una colegiala. Si percibe que estoy llorando se solidariza y juntas lloramos. Supongo que sabe de dónde viene ese llanto aún cuando yo misma lo ignoro. Si me encuentra risueña me descuida temporalmente y se ocupa de otros asuntos. Y cuando estoy malhumorada me desafía, como para dejar claro quién es la más necia de las dos. Pronto partirá, regresará a su esquinita habitual que le tienen reservada en su casa, aunque ya me ha confesado que le apetece quedarse conmigo, pero eso no se lo voy a decir a RW.

On a train de Youri Luis Mendoza Silverio