31 Una noche de juerga

por Beatriz Mendoza

Dio cinco vueltas a la manzana antes de poder encontrar estacionamiento. Al bajarse del carro, un choque térmico entre la delicia del aire acondicionado y el ambiente caluroso y húmedo de ese verano infernal hizo que se estremeciera. Sus piernas desnudas enmarcadas en una cortísima minifalda y sus zapatos a lo Ivanka Trump, recibieron el aire como una bofetada. Ya en la calle y después de haber vaciado el monedero en el parquímetro, echó a andar hacia el club, no sin antes acomodarse los senos dentro de la pequeñísima blusa.

 

Parecía una de las bailarinas de Ricky Martin. Ella lo sabía, había escogido el atuendo con esmero. Después de todo sabía de buena fuente que Ricky iba a aparecer por Nikki Beach esa noche. A medida que avanzaba por las calles oscuras enmarcadas en tristes condominios de dos pisos escuchaba el barullo. Domingo al atardecer, verano, nueve de la noche. Al salir a Ocean Drive vio los carros en larga cola de espera. Grupos de chicos enfundados en guayaberas de seda, avanzaban hacia la disco.

 

Llegar sola la hacía sentir insegura, pero miraba hacia  adelante con orgullo, como si nada pasara. Al llegar frente al bouncer dijo que era amiga de Andrea y la dejaron pasar sin cobrarle la entrada, tan solo le dieron una mirada lasciva a sus largas piernas brillantes y doradas de sol.

 

Dentro, el lugar hervía de gente. Subió al segundo piso para escapar un poco del barullo. Detrás de la barra vio a su amiga Beatriz. La española era una experta con los tragos e increíblemente su inmensa melena esponjada y risa no le estorbaba para trabajar. Se sentó frente a ella esperando que la reconociera.

Con su dulzura de siempre, Bea se alegró de verla y le ofreció un trago de cuba libre cargadito cortesía de la casa mientras vigilaba que el “manager” no anduviese por ahí. “Me falta una hora para terminar el ‘shift’, guapa, así que date una vuelta por el sitio, Ricky todavía no llega”, dijo.

 

Tomó un buen sorbo con la pajilla para no dañar el labial y se fue para el balcón a fumarse un cigarrillo.  Atravesó el ‘restaurant’ provocando miradas, pero ya estaba acostumbrada a su belleza y no le incomodó el escrutinio.  Sacó de la cartera tipo sobre un cigarro y ya iba a encenderlo cuando un chico le ofreció fuego. Era mucho menor que ella, parecía apenas de edad suficiente para estar en el lugar. Tal vez ni siquiera tenía la edad para tomarse un trago. El chico era desparpajado y conversador y aunque eran de la misma estatura, los tacones de Ivanka Trump la hacía lucir escultórica. Esto al parecer no le importaba al chico.

 

Ella lo observaba desde su perspectiva y asentía a sus palabras mientras trataba de disfrutar del cigarrillo. De repente sintió una mano que la cogía por la cintura y al voltearse descubrió la cara de ese ex Marine buen mozo que alguna vez se había tirado y estaba tan bien equipado que la sangre no le alcanzaba para irrigar el cerebro. Estaba tomado, como casi siempre que lo veía, y quería propasarse con ella.  Este macho pensaba que cada mujer con la que se había acostado le pertenecía y así se lo dejó saber una tarde que se encontraron en la playa y le dio una nalgada en el culo enfrente de todos los que disfrutaban del sol en la 8  y Collins. Ahora parecía tener las mismas intenciones y ella trataba de evadirlo.

El chico del cigarrillo intervino. Hubo un cruce de miradas de fuego, pero el grandulón desistió de la trifulca en medio de su borrachera y disuadido por la imagen atenta del ‘security’ negro vestido de negro que observa la escena con cara de malos perros. Bea llegó hasta donde ellos. Ya había terminado su jornada, ahora quería cambiarse en el baño e ir a la playa. El chico se les endosó como un cheque en blanco.

Cruzaron el comedor con su decoración a lo naranja mecánica y bajaron hasta el baño del primer piso. Bea se quito la blusa y se echó agua y jabón en los sobacos dejando sus pechos descubiertos y operados apuntando a diferentes lugares del espejo. Sacó desodorante de la cartera y entró al baño para hacer pis. La invitó a entrar con ella y le tocó observar con algo de pudor el chorro que caía al piso desde la inverosímil altura de sus tacones siete y medio.  Se puso un vestido plateado muy muy corto, se pinto los labios desafiando a su imagen y salieron al ruedo.

 

Lo primero que vió fue la muchedumbre que rodeaba al cantante, después los guardias de seguridad y al fondo su cabecita alta con su peinado de púas. Ricky volteó a mirarlas y les sonrió. Fue entonces cuando Bea empezó a gritar y hablar con su marcado acento castizo que su amiga quería entrevistarlo. Ella estuvo a punto de salir corriendo, regresarse al baño o abrir un hueco para que se la tragara la tierra pero en cambio se acercó al tumulto mientras sacaba la libretita de periodista de la cartera y se acomodaba la cámara de fotos.  Al primer ‘flash’ apareció brincando el relacionista público haciendo preguntas: cuál es el medio, cuál es tu nombre, cuando se publica, quien te dio permiso… Pero Bea lo interrumpió con una perorata de que Ricky estaba en un lugar público y era una figura pública y por lo tanto no estaban invadiendo su intimidad. Hasta ahí la entrevista y Ricky se fue como llegó. Bea y ella se fueron para la playa y se tiraron sobre una de las camas. Estaba cansada dijo Bea, y le sugirió irse para la casa y hacer el amor. Ella le respondió que ya sabía cual era su respuesta. Bea se le acercó y la besó en la boca. Al principio la rechazó pero luego le devolvió el beso al ver al chico del cigarrillo. Esa noche no dormirían ninguno de los tres.

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