58 Rumbo Norte, más allá del Muro Azul

Estas fotografías tomadas en las costas de La Habana y Cojímar, Cuba, en el  verano de 1994, son un testimonio único del éxodo de un pueblo. Durante semanas Willy Castellanos retrató algunos de los casi 35,000 hombres, mujeres y niños que salieron de la isla en artefactos construidos con cualquier cosa que flotara. Una selección de este ensayo fotográfico que documenta el fin de la última utopía del siglo XX fue presentada por Aluna Art Foundation en la sección Foto Américas de Arte Américas 2012.

La exhibición Exodus: una página extraviada de la historia, curada por Adriana Herrera, conmueve por la magnitud y la precariedad de las condiciones de quienes entonces se embarcaban rumbo norte, pero también porque cada imagen contiene la incesante historia del éxodo, el rastro de quienes tanto en  la isla como en muchas orillas del mundo, desafían el destino dispuestos a cualquier cosa con tal de atravesar lo que Castellanos llama “el muro azul”.

 

Ante todo está El Mar. Una inmensa y compacta masa de limbo azul. Primero claro, después celeste, turquesa a veces, o si no azul, tremendamente azul. Dentro de él, el frescor y la levedad. Fuera de éste, el sol hiriente, la brisa y la incómoda sensación del salitre en la piel. Para los que nacimos en la portuaria ciudad de La Habana y tal vez para muchos cubanos, el mar es una constante obsesiva. Cada día solemos caminar “hacia” o en “dirección contraria” al mar; paralelo a la costa, en camino hacia la desembocadura o simplemente, cruzando la bahía, ese otro mar, diminuto océano y bosque de grúas, oportuno refugio de viejos  lanchones y enjambres de transeúntes y turistas. El mar nos rodea, nos define, su contagiosa aroma penetra poros y sentidos. El mar nos limita, nos envuelve; el mar nos encierra…, es el Muro Azul.

Después están los barcos que llegan y se van, navíos de toda clase, a través del tiempo. Cuba es La llave del Caribe, una parada -una partida- necesaria, una encrucijada abierta a todo destino. Norte, sur, este, todos, incluso Roma. Gente que viene y que va, rostros de todas partes. Carabelas españolas, mástiles y cañones ingleses, barcos negreros y naves filibusteras. Vapores repletos de europeos, insalubres bodegas atestadas de asiáticos. Cruceros americanos, cargueros soviéticos, lanchas torpederas, botes guarda-fronteras; y luego están las balsas. Gentiles y frágiles, balsas de viejos maderos y velas de harapos, infladas de ilusiones, tejidas de esperanzas. Músculos y mareas, vírgenes y estampitas. Balsas que cruzan el muro azul sobre la blanca espuma de las crestas.

Algunas arriba, bajo el sol hiriente, la brisa y la incómoda sensación del salitre en la piel. Otras abajo, en el frescor y la levedad, en el limbo azul. Balsas que viajan sin boletos de regreso, poca isla para tanta búsqueda, muchos sueños para tanto mar.

Por último, el Artefacto –la cámara-  y el individuo. El primero, engulle como tragante de bañadera los diferentes instantes de la realidad. Éstos penetran en fila india por el embudo del lente, uno tras otro. Detrás del artefacto, del escudo metálico, se refugia el individuo, el operador.

Sus postales no prueban nada, tan solo que  estuvo ahí en el lugar de los hechos, intentando establecer un dialogo  afectivo con la realidad. Todo se confunde en el tiempo. Fuera del olvido, solo han quedado algunas huellas: aquel persistente aroma de mar, mezcla de caracoles, estrellas y otros matices que los peces han dejado escapar. Voces de gente que se despide, ruidos de tablas que crujen, risas y lagrimas, canciones que se alejan, el recuerdo de la brisa costera y sus caricias; pero sobre todo, el omnipresente color de aquella masa compacta e infinita, el limbo azul.