3 Prólogo de un amor moderno en una ciudad a veces mansa, otras despiadada

por Roberto Savino

Llegaste a Miami cuando el amor ya no cabía en los libros.

Palabras te empalagaban la boca y te abrazaba una extraña comezón,

zarzas  invisibles que delataban rincones vivos y olvidados,

la extensión completa de ese cuerpo que comenzaba su deriva

hacia el arrecife del deseo y el escozor de la insalvable sal del desengaño.

 

En aquella ciudad que nunca consta y que rara vez existe

sumaste roces, conjuraste en tu ropa perfumes y modas,

juntaste nombres y números de teléfono, amigos

más virtuales que verdaderos, citas en bares y terrazas,

besos sordos bajo la música de aquellas fiestas torrenciales,

calurosas idas a la playa sobre la arena mareada de cuerpos.

 

Te adivinaste somnolienta en espejos de ascensores,

siempre buscando enmendar aquel silencio

que al principio acallabas con una vergüenza importada

y exquisita, bajo la disfrazada caricia de una luz casi tierna,

blanda y amaestrada, mordiéndote los labios turbios y caminando

marcialmente con los dedos, en una batalla de yema contra piel,

de uñas y sangre inevitable contra la espera y la esperanza.

 

Aguardaste hasta que las noches se transformaron en fuego

y las nubes en rudas aves sin forma, esperando

una complicidad indescifrable, buscando en las calles y autopistas

el aviso de curva del amor, su nicho hospitalario donde borrar del cuerpo

las manchas de un infeliz bronceado y la piel que se muda entre sombras,

cómplice de aquella soledad larga de aledaños, bilingüe pero intraducible.

 

No sospechabas que sería suficiente una mirada sostenida, quizás,

la invitación justa en el momento exacto, o la perfecta improvisación

bien calculada. Tal vez sería un encuentro, igual de fortuito que de inevitable,

pillándote mordaz y vulnerable tras el amarillo tardío de un semáforo

y de tantas tachaduras en tu agenda. En Miami el amor suele ser el rescoldo

que aún late tras el desgaste de las frivolidades y la erosión de la rutina calcinante.

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