56 Opa Locka Flea Market

Silvia Martínez Rivas (Kuti) se inicia en el mundo de la fotografía hace varios años. Su obra muestra la sencillez de personajes, paisajes y rincones recogidos a lo largo de su incansable búsqueda de lo recóndito y lo distinto. Residió en ciudad de La Habana, Cuba, durante 10 años (1998-2008) de allí nos trae su amor por la profesión y los relatos de tierra adentro.

En the Flea Market Kuti, el apodo de su infancia, se introduce frente a frente con sus protagonistas. Los aborda con discreción y respeto y mantiene un silencio cómplice ante ellos. Sus herramientas se reúnen en una mochila donde lleva su Canon con sus respectivos lentes en la espalda y su inteligencia emocional ante cada disparo. Esta serie sobre este rastrillo miamense dibuja la humanidad y el difícil equilibrio que respiran sus imágenes: la rutina frente a la caña de azúcar del vendedor de guarapo, la serenidad del cantante antes de subirse al podio, el colorido afrocaribeño de dos mujeres de las islas Vírgenes, la elegancia sobria de la mujer asiática, la alegría corporal de una centroamericana que regenta su propio negocio, la soledad de una balanza sin género…los ocres de la harina de maíz, el rojo solitario en los manteles de una cafetería sin público, los precios, las cabezas cortadas del  pargo, una “santa cena” presidiendo un puesto de verduras…Toda la trama de los sentidos en un mismo plano fotográfico. E.R

 

Opa Locka: The Flea Market

Frente a un portalón de cúpulas moriscas que imita a una ciudad amurallada, una caravana de automóviles se agolpa  frente al recinto del mercado. Con el paisaje de los pinos bordeando sus orillas y una torre central parecida a un minarete, este pulguero  goza de casi todos las prefijos posibles para la raíz de un solo verbo: con-vivir.

 

En el área del hogar, los tejidos de algunas tiendas se apilan sin razón ni concierto. Felpas, paños de canalé, poliéster, nylon, estampados en orquídeas…se venden por yardas. Al lado, tiendas interminables de zapatos con los modelos de los pies pintados en esmalte rojo. Un señor con unas gafas de sol, más cercano a la invidencia que a la protección, vende vestiditos de niña de varias medidas y colores brillantes. En Pérez Linen, las bragas, armadas por unos aros metálicos, extienden sin pudor el tamaño de cualquier pubis imaginario.

Son cerca de la una, y en medio de la court-room, un señor de Santo Domingo nos comenta …

“La gente, aquí, se siente como en su tierra. Come sus sancochos, y después compra pa la semana. Saluda a la vecina y, a veces, hasta incluso a la que nunca se iba a imaginar que encontraría…”.

La fritura de bacalao y la yuca se están peleando en las freidoras de dos cafeterías. El humo alegra una barbacoa repleta de mazorcas. En la cola, gente de casi todas las razas de América, con sus bolsos de la compra aún sin rellenar, esperan el codiciado maíz. En frente:  guarapo fresco, o churros calientes a veinticinco centavos la pieza.

 

Colgado en una de las paredes de este comedor al aire libre se lee“ En este mercado están prohibidos los artículos de Louis Vuitton y los falsificados, bajo multa y penas de cárcel”. En una de las cafeterías, los manteles rojos de las mesas acompañan la soledad de una rubia camarera que aún no ha empezado su servicio dominical. En espera, Nicanor, un cantante de música caribeña, protegido con sus guantes blancos, acomoda los altavoces y su equipo de música antes de empezar su función.

Flanqueada  por una montaña de naranjas y varias filas de mercancías, no faltan ni el quimbombó, ni el chayote, ni la malanga “a un precio bastante asequible”, dice un viandante que acaba de comprar unas zanahorias diminutas. Junto a la balanza, apilados como un juego de toallas: las “lenguas” de bacalao en salazón marcan tres pesos la libra.

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