17 Los poetas en el Café Demetrio

por Francisco Larios

Van la caterva de ilusos, impagos, intonsos

llegando como hormigas sedientas

con su gorra y sus planes de escape

sus memorias de tiempos distintos

a la esquina del Café Demetrio.

 

Han sido largos sus días sin noche.

Ha sido insobornable su dispendio;

Ha sido la dulce maldición en la antesala harta de violencia

de santuarios arrasados por diluvios en primordial Uruk

hundiendo su corazón en sesenta doble-leguas de terrores.

 

Emergen al fin, y uno a uno en clave antigua

en Píndaro respira, y la dulcísima música renace.

 

Y a coro:

al hombre encanta fábula que de bella se gloria,

más que verdad cuya crudeza espanta

 

Luego uno afirma–en su duda–su fe:

¡de algo ha de servir esta belleza!

 

Otro invoca a Pablo, a Manuel Gutiérrez Nájera, a Eliseo Diego,

a Carlos Martínez Rivas insurrecto viejo preguntando

dónde se emborrachan los poetas.

 

Y Borges ciego Lazarillo cortés paternal gentil les lleva

al profundo momento del reverso.

 

Y no hay estrellas, y nadie las extraña.

 

Y Cátulo no falta, Cátulo que ha besado libérrimo en sus sueños

no podía perderse esta tertulia,

ni Propercio engañado por Amor, ni Baudelaire maudit.

 

Tejen su red final, su abrazo, su ojo regresado del abismo, su cercana versión de la distancia.

 

Quizá por eso nadie recuerde al rey-poeta de Tezcoco:

 

¡Instante brevísimo, oh amigos!

¡Aún así tan breve, que se viva!

 

Para qué, si hoy no hay estrellas, y nadie las extraña.

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