51 Lecturas narcóticas desde Miami. Dos reseñas y dos mujeres: Müller y Lispector

por Angels Martínez

Revelación de un mundo. Clarice Lispector 

Adriana Hidalgo editora S.A. 2004

Inicié la lectura Revelación de un mundo en plena tormenta tropical. El agua caía inmisericorde sobre la ciudad de Coral Gables. Cerré mi libro y permanecí en silencio contemplando la lluvia desde la ventana.

Fui a ver a mi marido en la habitación. Yacía en el lecho conyugal bajo el efecto de un narcótico. La colcha de flores azules protegía su cuerpo maltrecho, tras la operación. En la mesita, una manzanilla completamente helada anunciaba que la tarde no iba a ser benévola con nosotros. Así que regresé a la lectura de Clarice con la convicción de que, ella, me rescataría del mal presagio. No hubo ninguna duda: había acertado.

Clarice Lispector escribió este libro para El Jornal do Brasil. Durante siete años (1967-1973), acepta el encargo por necesidad económica, mientras goza de una independencia absoluta para elaborarlo. Elegí al azar la crónica del sábado 3 de agosto de 1968. Allí  narra cinco historias dispares: “Cómo tratar lo qué se tiene”, “Desafío para los analistas”, “Palabras de una amiga”, “Miguel Ángel y “El suéter”.

Cada texto de este libro, es un artículo en sí mismo sin hilo conductor aparente. Inicia la crónica con un caballo que vive dentro de ella y continua con una frase que puede desafiar a cualquier psicoanalista: “Soñé que un pez se quitaba la ropa y me quedaba desnuda”. Más adelante, sigue con la recomendación que le sugiere una amiga: “Fortifica lo mejor de ti, no prestes atención a la opinión ajena”. A continuación, un poema sobre Miguel Ángel y, al final, nos describe el regalo que recibe de una lectora: un suéter.

No intenten descubrir las misteriosas razones de Lispector para redactar una crónica como si se tratase de una muñeca rusa; quizás heredó el pensar concéntrico de sus patriotas cariocas sin habérselo propuesto. Su lectura, me remite a un mural gigantesco pintado en tonos azules. Esta fue la primera imagen que vino a mi cerebro, tras finalizar aquella lectura.

Con cautela, regresé a la habitación para ver si seguía dormido. Estaba lánguidamente despierto. Le miré. Me senté a su lado y balbuceó, “No te vayas…quédate aquí…léeme algo de la Lispector”. Abrí el libro y empecé con la crónica, “Un hombre”. Con su mirada fija en mí, respeté los silencios y pronuncié aquellas palabras con un tono cálido en mis labios. Al poco rato, sus párpados se cerraron antes de escuchar la frase final del relato “no tiene conciencia que lo miro tanto; no tantas veces…sino tanto”.

De repente me estremecí porque la frase era mía. “Me pertenece”, me dije a mi misma. Yo la había pensado gracias a sus relatos. En la vida, existen escritoras que consiguen hacernos creer que son nuestro alter ego y sus lecturas siempre las dirigimos hacia nuestro interior. Introspección literaria, por cierto, difícil de explicar porque penetra en tus entrañas: mi mundo… se revelaba a través del suyo.

Tierras bajas. Herta Müller

Santillana Ediciones Generales, S.L. 2009

El anochecer me sorprendió dormida. Preparé la cena. Comimos sin hablar y el dolor volvió a hacer acto de presencia. Percibir el sufrimiento del hombre al que amas, duele. Y la impotencia, anula tu autoestima. La píldora que tomó provocaba confusión mental y mareo. Decidió arriesgarse, y cambió la pastilla de la “felicidad” por otra menos dañina.

La nueva adquisición farmacéutica surtió efecto y se quedó más relajado. Deseaba estar sólo. Entonces, abandoné la habitación con un mutismo sepulcral y me dirigí a su biblioteca.

Ordené sus libros y descubrí Tierras bajas, de Herta Müller, en edición de bolsillo. Fue la primera obra que publicó en 1984. En 2009, la Academia sueca le concedía el Premio Nobel a esta escritora de origen rumano.

La primera obra que había leído de su cosecha fue La piel del zorro y me enamoré al instante de ella. Los críticos discrepan a la hora de clasificar sus obras como novelas, y todos coinciden en destacar su prosa poética como un rasgo característico en toda su producción literaria.

En Tierras bajas, Herta Müller describe, a través de los ojos de una niña, la vida en una aldea durante la dictadura de Ceaucescu. Denunciar la opresión de aquél régimen, tuvo un efecto inmediato en su carrera: le prohibieron viajar y publicar; no tuvo más remedio, entonces, que exiliarse en el país contiguo, Alemania.

En la portada del libro hay una fotografía de una muchacha con los ojos vendados envuelta de animales y muñecas de trapo. La observé detenidamente, y una sensación extraña se apoderó de mí. La infancia regresó a mi memoria como una navaja afilada. ¡Benditos los niños felices! pensé; yo nunca lo fui. Müller tampoco. Ahora compartíamos algo en común.

Me preparé un café y salí a caminar. La calle Ponce de León estaba desierta: ni un alma. Coral Gables en la oscuridad pierde la inocencia diurna y se convierte en una ciudad sonámbula. Anduve ensimismada hasta llegar a la esquina de Miracle Mille. Un milagro artificial por el que he transitado infinidad de ocasiones.

La medianoche era perfecta para, entrada la madrugada, leer Tierra Bajas y empecé con la historia final, “Día laborable”:

Las cinco y media de la mañana. Suena el despertador.

Me levanto, me quito el vestido, lo pongo sobre la almohada, me pongo el pijama, voy a la cocina, me meto en la bañera, cojo la toalla, me lavo la cara con ella, cojo el peine, me seco con él, cojo la esponja del baño, me cepillo los dientes con ella. Luego voy al cuarto de baño, me como una rebanada de té y me bebo una taza de pan.

El absurdo invade la rutina cambiando los usos de los objetos domésticos sin perder un ápice de cotidianidad. Lo asombroso de esta mujer, es la manera de pervertir el significado de las palabras para crear frases de una contundencia brutal:

Un coche me atropella los ojos con sus faros.

Sentí el deseo de compartir la oración con el hombre convaleciente pero estaba profundamente dormido; contemplé su tez macilenta y pensé en la muerte. Un escalofrío sacudió mi cuerpo. Apagué el aire acondicionado, y percibí el silencio inquietante de la medianoche.

El pueblo es negro. Las nubes son de damasco negro. 

La abuela desgrana su rosario de cuentas blancas. Mamá me aprieta los dedos en su mano.Papa es nuestra alma muerta. Papá tiene hoy su día de fiesta y pasa bailando a la orilla del pueblo. El liguero de mamá le deja marcas profundas en la cintura. Papá pega sus muslos contra una nube de damasco negro, mientras baila un tango opresivo 

La certidumbre de la muerte se apoderó de mí y mis muertos se hicieron presentes como el final de la  historia, “un tango opresivo”.

La historia de “Los barrenderos” limpió mi tristeza. En Miami no barren las calles los barrenderos, y tampoco podría suceder que, “las lechuzas se comieran los besos que han quedado en los bancos”, porque los amantes no se sientan en los parques.

Leer a Clarice Lispector y Herta Müller en la ciudad de los rascacielos de colores mientras cuidaba a un hombre irascible, condicionó la lectura hasta el punto de pervertir el estilo de las escritoras. Los comentarios hirientes de él, hacían palidecer la dureza de Müller, y las exquisitas descripciones de la vida cotidiana de Lispector se desvanecían en los frascos de vitaminas de Navarro Discount.

Ignoro si este texto provocará en ustedes un deseo incontrolable de leer alguna de las obras comentadas. Si lo hacen, no examinen ninguna crítica, ni tampoco el prólogo: vayan directamente al primer capítulo sin hacer una lectura comprensiva. No hay que entender nada, solamente ser permeables a las historias como si no tuviesen vida propia.

Comprobaran que las palabras de Clarice y Herta acarician/golpean sus entrañas, causándoles un placer sereno que despertará su pasiones más bajas, como las del título que da nombre a esta obra.

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