46 “Las pandillas de Barrio” Un lado oscuro de la ciudad

por Carla Klingenberger

Roberto, 17 años, origen nicaragüense, alto, flaco, grandes ojos negros. Lleva puestos unos jeans viejos y una camiseta con un mensaje en ingles que no comprendo. “Es la letra de una canción”, me dice.  Para saludarme extiende la mano y puedo notar el numero 305 y una pistola tatuados en su brazo derecho. Le extiendo la mía. Él y su madre han sido referidos a terapia de familia debido a que Roberto vuelve a casa después de haber estado arrestado por 6 meses. Robo a mano armada. Durante la primera sesión su madre me cuenta que llegaron a Miami hace 5 años en busca de un futuro mejor. Roberto la escucha en silencio, mira al suelo y sonríe. Más tarde, él mismo me cuenta que cuando llegó a Miami no hablaba bien el idioma y que le costó mucho adaptarse a la escuela. Durante ese tiempo su madre trabajaba largas horas y casi no la veía. Él se sentía molesto y deprimido. A los pocos meses, coordinadores de la escuela lo colocaron en clases para alumnos con necesidades especiales y entonces dejó de asistir. Comenzó a usar drogas con un grupo de muchachos de su barrio y terminó como miembro de una pandilla. Ha visto morir a muchos de sus amigos, y dice ya no temerle a nada. Antes de terminar la sesión su madre confesó: “prefiero que esté en la cárcel, ahí al menos sé que está seguro.” Me dejo pensando.

Las pandillas de barrio continúan multiplicándose  y se han convertido en una parte indeleble de las culturas juveniles. Los reportes del FBI indican que Miami se encuentra entre las 7 ciudades estadounidenses con más alto nivel de crimen y mayor numero de pandillas. Al buscar información sobre este tema uno descubre con asombro que la mayor parte de las investigaciones tienden a enfocarse solo en el aspecto delincuencial, dejando de lado otros aspectos importantes, como sería la práctica cultural. La perspectiva de estas investigaciones ha sido orientada principalmente a la pregunta de cómo se puede controlar y reducir el problema de las pandillas, y como los miembros de estas pandillas podrían ser reintegrados a una sociedad “normal”.  Existen muy pocos estudios que analicen las pandillas desde la perspectiva de los jóvenes implicados, y que dejen que ellos mismos se expresen sobre el tema.   En el discurso de las pandillas se reproduce, claramente, la discriminación a la que se ven expuestas las personas que crecen en familias en desventaja social y en barrios marginales.

La mayor parte de las pandillas en Miami están conformadas por jóvenes  afroamericanos o de origen latinoamericano. Sin embargo, si bien la homogeneidad étnica al interior de estas sigue siendo un patrón común, el territorio del barrio ha pasado a ser un factor aun más importante. Los estudios sostienen que los “latino gangs” son “territorially based” y que mantienen una estrecha relación con su bario. Investigadores como Joan Moore y Martin Sanchez-Jankowski de la Universidad de California han recalcado la importancia fundamental de la cultura chicana para el concepto de sí mismos que tienen los jóvenes de origen mexicano. En las latino gangs estudiadas por ellos el territorio posee una fuerte función tanto para la creación de identidad como para la determinación de comportamientos. Otro elemento importante que parece unir a las pandillas con los barrios es un cierto interés de protección. En muchas zonas marginales de Miami los habitantes suelen sentir desconfianza de la policía y consideran que la protección de las pandillas es más efectiva. La experiencia de ayudarse mutuamente en situaciones de dificultad refuerza la cohesión entre los jóvenes de la pandilla y crea una red ficticia de parentesco.

Black Horse de Youri Luis Mendoza Silverio

En una sociedad individualista como la nuestra las pandillas han creado una cultura en la que los valores colectivos tienen una importancia fundamental. Estas son las palabras de un joven pandillero:

“Solos no somos nada. Pueden hacer con nosotros lo que se les dé la gana…Este no es un juego que lo puedes ganar solo. Si quieres ganar, necesitas un equipo. Si quieres perder entonces juega solo “(Padilla, 2001: 149)

En Miami, las pandillas “de latinos” han desarrollado una subcultura propia, con una estructura social y un sistema cultural de valores, con subgrupos conformados de acuerdo con las edades de los miembros, practicas de iniciación, normas, objetivos y patrones de roles. Así, se han convertido en un importante medio de socialización y enculturación de los jóvenes en los barrios. La subcultura de estos jóvenes se manifiesta de manera visible en un determinado estilo de vestir, en el modo de hablar, en los gestos, tatuajes y grafitis, y –en parte- también en la música y en la poesía.

Las pandillas van estableciendo su reputación de acuerdo al tipo de crímenes que cometen, mientras más violento es el crimen más respetable la reputación de la pandilla.  Cuando estas pandillas evolucionan por lo general se unen a pandillas nacionales de más alto vuelo como serian  “Los Bloods” o “Los Crips”. Los miembros de las pandillas son por lo general recluidos en los vecindarios y en las escuelas.  Estos niños pertenecientes a un nivel socio económico bajo se unen a las pandillas con la idea que el grupo les permitirá obtener un nivel de status que les sería imposible  obtener de otra manera. Lo que estos jóvenes buscan es por lo general prestigio o poder, amistad, protección contra la violencia de otras  “gangs”, dinero, o lograr un estilo de vida que ha sido glorificado por los medios de comunicación.

Algunos investigadores  se han basado en el concepto de “la marginalidad múltiple”  para explicar el fenómeno de las pandillas.  Según este concepto,  las pandillas son consecuencia de la vida en los barrios de bajo estatuto socioeconómico, de la socialización y enculturación en la calle, y de un de un problemático desarrollo de la identidad propia.  Dicho de otro modo, la marginación económica y social vivida en diferentes contextos en combinación con los conflictos de identificación típicos de la adolescencia lleva a una identidad propia débil, y los  jóvenes van a tratar de  compensarla por medio de la demostración de fortaleza y la práctica de la violencia.   La tendencia de estos adolescentes hacia un comportamiento no conforme es fortalecida aun más por las tensiones familiares dentro de un contexto de inmigración y adaptación.

He querido dejar para el final la discusión acerca de lo que considero la institución social de mayor responsabilidad en la formación de este fenómeno: la familia.  Que tienen entonces en común las familias de estos jóvenes?  Uno de los factores más notorios en el trabajo con estas familias es la ausencia de una figura paterna positiva. Por lo general se observa que un padre agresivo ha tenido impacto en la historia familiar y en el desarrollo emocional del joven y cuando este padre ya no está en la casa su presencia sobrevive en forma de fantasía o mitología familiar.  A lo largo del tiempo esta figura paternal es percibida como la figura más poderosa en el sistema familiar, alguien que gratifica sus necesidades y deseos con el uso de la intimidación y la agresión. Los jóvenes victimizados terminan identificándose con su agresor.

Los pandilleros aprenden desde una temprana edad que la agresividad genera poder, control y ayuda a prevenir el abuso. En otras palabras, sin un modelo masculino positivo estos jóvenes desvinculados crecen en las calles con ideas hipermasculinas, sintiéndose inducidos a actuar como un “hombre”. En esta situación  la pandilla surge como una como una alternativa atractiva tanto para muchachos como para muchachas porque ofrece muchas funciones parecidas a las de una familia.  La pandilla empieza como un sistema de control alternativo, pero con el tiempo echa raíces como una institución socializadora, competitiva y a veces dominante.