23 Habana-Miami-Manhattan

por Pedro Medina

When I listen you I can feel de Akrim Lirsart

Yaneira espera el tren que la llevará a Manhattan. A las nueve se encontrará con Mr. Hinton, su VIP customer como ella lo llama, en la estación Grand Central Terminal. Tiene a su lado un carry on en el que guarda un par de tacones rojos, una muda de ropa interior color violeta —la preferida de Mr. Hinton, su lápiz de labios, esmalte de uñas, delineador de cejas, enjuage bucal, polvos para la cara, un New York Times y una estampilla de San Lázaro que la acompaña siempre.

Yaneira recuerda que esa tarde remota en que recibió la estampilla, su tía Belinda le dijo que se fuera, que ya no podía seguir haciéndose cargo de ella, que ya estaba mujercita. En esos días, por las noches, su tía se encerraba en su cuarto con una botella de ron. Al rato ya estaba gritando ¡ya te irás a trabajar a la calle, guajirita, ya te irás a trabajar la calle!

Y Yaneira pensaba que su pobre tía estaba desesperada y que gritaba esas locuras por tomar tanto ron. Poco antes, en su pecho habían empezado a asomar dos bultitos como dos botones de rosa, y además, había despertado no pocas veces con manchas de sangre en la ropa interior y en las sábanas. Horas después de recibir la estampilla, Yaneira estaba acostada con las piernas dobladas en una de las bancas del Paseo del Prado, bajo un cielo que dejaba asomar pocas estrellas, recordando a su papá, Román, y aquella vez en que caminaban por el malecón de La Habana, y Román, mirando hacia el mar, hacia el horizonte rojizo, le dijo que se iría para allá. Allá hay un futuro para los dos, mi niña, así dijo, y rozó con las yemas de los dedos la cara de Yaneira. ¿Y ella también iría?, Sí, sí, mi niña, también vendrás. Mientras tanto, se quedaría bajo el cuidado de la tía Belinda, que la quería como a una hija. A los dos días, sin embargo, llegó la noticia a La Habana de que en el Estrecho de la Florida habían encontrado el cuerpo de Román flotando, amoratado, los ojos abiertos y ciegos, la boca un agujero negro. Al día siguiente, Yaneira entró en bodegas, fondas y bares del El Vedado y La Habana Vieja, barriendo el suelo con los ojos, preguntando si necesitaban a algún ayudante. Esa noche, sentada sobre una caja, en un rincón de un bar de La Habana Vieja, calmando la sed con sorbos de cerveza tibia, esperó a que se retiraran todos los clientes para voltear las sillas sobre las mesas, barrer las colillas de cigarro y limpiar los vómitos de los baños.

El dueño del bar, a los pocos días le dijo que algunos clientes querían conocerla  más. Unos señores muy generosos que siempre la veían sentadita en un rincón. Querían ayudarla, darle una platica extra o algo de ropa. Tan solo debía acompañarlos un ratico. ¿Señores generosos?, pensó Yaneira, y dejó escapar una sonrisa.

Recuerda bien al primer hombre que acompañó en el bar. Tenía la cara redonda como una pelota, las manos callosas, uñas mordisqueadas y sucias, y al alzar el vaso lleno de cerveza le temblaba el brazo. Yaneira  miraba el humo del cigarrillo que se consumía en el borde del cenicero cuando sintió la mano áspera  frotando sus piernas. Son ya más de veinte años de esa tarde remota, piensa Yaneira, casi trece que llegó  a Miami en una balsa de madera, como hubiera querido llegar Román,  sobreviviendo a los tiburones, al hambre, a la sed. Seis o siete que dejó Miami, su esquina de South Beach, en la intersección de Washington Avenue con la 12th Street, donde cada noche, con su melena dorada, las piernas enfundadas en cuero negro hasta las rodillas, un escote generoso y los labios colorados, se confundía entre cabezas engominadas, traseros king size y cuerpos tatuados.

Un reloj gigante cuelga de una de las paredes blancas maquilladas de hollín. Faltan doce minutos para las ocho.  Yaneira toma su carry on y se pierde en el hormiguero de viajantes que arrastran sus maletas en dirección al andén.

Cuando el tren se aleja, ve por la ventanilla a un viejo hombre uniformado que barre los restos dejados por los viajantes. Entonces abre su New York Times. No puede llegar a su encuentro con Mr. Hinton sin estar al tanto de las noticias. Ya sabe cómo es Mr. Hinton: a la hora de la cena habla y habla, no le gusta que lo interrumpan. Habla de cuando fue combatiente en  Vietnam,  como jefe de la brigada Estrella 24, y que casi pierde la vida en una emboscada del ejército chino en la que bombardearon las trincheras y murió casi la mitad de la brigada. Cuando no está nostálgico, habla de política, de los senadores, de los republicanos y de los demócratas, y es ahí cuando a veces hace preguntas. Qué piensa de esto o lo otro Yaneira, que si está de acuerdo con los republicanos o con los demócratas en lo de la guerra de Irak.

Dónde la llevará Mr. Hinton esta noche a cenar, piensa Yainera mientras hojea el diario: quizás al bistro de la 44 street , o quizás al sitio ese del hotel tan elegante si es que está antojado de carne. Y después, después por qué avenida caminarán hacia el departamento de Mr. Hinton: por la Madison, por la Park o por la Quinta, y entonces pasarán por esa tienda  en la que Mr. Hinton le dijo que eligiera una de las maletas de la vidriera, que no quería que siguiese arrastrando esa vejez de maletín. Así eran los gringos, brutos para hablar, pensó Yaneira, mientras contemplaba las vidrieras iluminadas por chorros de luz y dispuestas de maletas, bolsos, zapatos. Y al llegar al edificio, en el ascensor, ¿Mr. Hinton la atrapará por la cintura y le besará la boca, el cuello, la espalda, o acaso le quitará la ropa interior y sus dedos o su lengua se perderán entre sus piernas?

En el departamento, deberá acostarse boca abajo sobre la cama en ropa interior, la de color violeta, mientras él se sirve un Jack Daniel’s con un cubo de hielo, se quita la ropa lentamente y la va doblando y acomodando en su armario, luego se sienta en el piano marrón  frente a su cama y toca piezas que a ella le parecen lindas, unas de un tal chaicosqui o un nombre así que ella nunca pronuncia bien. Y se quedará por el resto de la noche, boca abajo, así le gusta a Mr. Hinton, porque siente como si estuviera tocando el piano frente a un altar de carne. A las nueve, el tren se detiene en la estación Grand Central Terminal, Yaneira guarda el periódico en su carry on y abandona su asiento.

Jazz man de Akrim Lirsart

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