28 En los Jardines del Emperador de Jade

por Susana Della Latta

Tus labios temblaron, hablando de sueños.

Lo sé, pedías perdón a tu madre. 

Gu Cheng

 

The garden by Adriana Campo

Ho Hsiang-Ku señalaba el cielo y luego dirigía su mano al corazón. Cada milenio con idéntico ritual. De los 8 inmortales el único que continuaba prestándole atención era el juglar Lan Ts’ Ai-Ho. Los demás se divertían luchando con la espada mágica que le robaron a Lu-Tung-Pin. Hasta que en el último encuentro la emperatriz Wang, cansada de tal desobediencia decidió no volver a convocarlos y guardó los melocotones del árbol de la inmortalidad para que comieran las serpientes.

 

-“Ay de mi, -exclamó uno de los reptiles escondido debajo de las piedras de siete colores- nunca me gustó la fruta”

-“Prefiero ser cola de los dioses, esclava de dragones, rayo de luz para las epidemias, que pedirle los melocotones a Wang”

Cientos de jóvenes serpientes salieron a la plaza en desaprobación, pero en ese momento, quien abrió la boca rechazando el fruto, cambió de piel y regresó al trasero de la gran diosa Nüwa, como si nada hubiera sucedido.

Después que las demás se empacharon de tanto y tanto comer, la rebelde serpiente asqueada del conformismo de su especie, se arrastró por las montañas de Jiangsu hasta encontrar un árbol de manzanas.

-“Ay de mi… ¿Por qué será que no puedo comer carne?”

Enroscó varias manzanas en su cola, las hizo volar hasta donde Pangu separó el cielo de la tierra y volvió cansada a los pies de Siddhartha cientos de años más tarde.

Pero uno de los frutos se desvió a otro paraíso.

Lo que viene después de tal manzana, aún lo están investigando.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *