26 En el aire

por Sandra Hernández

Sonrío a manera de saludo. Mi vecino de asiento me devuelve el gesto mientras se acomoda una corbata morada con rombos negros diminutos. Pienso que debe ser un tipo tranquilo y que me dejará dormir. Tras sacar mi libro, pongo el bolso de mano debajo del asiento de enfrente y doblo mi suéter para usarlo de almohada. Bostezo, me siento relajada, supongo que el dramamine empieza a surtir efecto. Abro el libro y después de leer tres veces el mismo párrafo, decido dejar la lectura para más tarde. La sobrecargo me ofrece gentilmente un vaso de agua mientras se escucha al piloto dar la bienvenida con un acento que no logro reconocer (¿dominicano, boricua?). Tomo el vaso de plástico y me bebo el agua de un jalón. Cierro los ojos y descanso mi cabeza en el respaldo del asiento. Qué bien se siente. Poco a poco el barullo se atenúa y con él se va esfumando la tensión de esta última semana. Un codazo sutil me regresa a la bulla y me incorporo de golpe. Me doy cuenta de que invado el espacio de mi vecino por lo que balbuceo una disculpa torpe, primero en español y luego en inglés. El hombre sonríe incómodo y responde « no hay problema » sin siquiera voltear. Me acomodo de nuevo disponiéndome a dormir. Se repite el codazo pero ya no pido perdón, solo cambio de posición. Finalmente el cansancio me vence y en un instante todo desaparece.

 

De la negrura emerge una imagen. Soy yo cruzando una calle que desconozco. Intento desactivar la alarma de un auto que está a unos diez metros de mí pero el control remoto parece no funcionar. Mientras me acerco, presiono una y otra vez el botón del llavero sin éxito. Al llegar al auto, inserto la llave y abro la puerta. La alarma se dispara y no encuentro cómo hacerla callar. Salgo del coche cerrando la puerta con fastidio y empiezo a caminar sin rumbo. Volteo hacia el auto, la alarma sigue sonando. En ese momento me doy cuenta de que me siguen. Son dos hombres que me señalan y vienen hacia mí. Acelero el paso y enseguida me echo a correr. Al doblar la esquina, resbalo y caigo. Los hombres están cerca, no me levanto. Me arrastro por el piso lográndome esconder debajo de un auto. Ellos pasan trotando cerca de mí, me encojo y cierro los ojos. Los tipos siguen de largo sin percatarse de que estoy a solo unos metros, tirada en el suelo, paralizada de miedo. Me quedo ahí, con los ojos apretados, controlando la respiración. Aguardo unos minutos, abro los ojos cautelosamente y algo no hace sentido. El piso donde yazco es morado con rombos, rombos negros diminutos. No me muevo, ni siquiera parpadeo, solo hago un escaneo visual. Estoy tendida en la corbata de mi vecino y puedo escuchar claramente los latidos de su corazón. Su cinturón de seguridad se encuentra a unos treinta centímetros de mi cara. Él está inmóvil, tieso, creo que no ha notado que estoy despierta. Imagino al menos tres maneras diferentes de disculparme pero ninguna me convence. Vuelvo a cerrar los ojos y decido permanecer así mientras encuentro una manera elocuente de zafarme de esta situación. En ese momento, el avión se sacude y la advertencia de abrochar el cinturón de seguridad se enciende emitiendo una alarma: la suerte está de mi lado. Aprovecho la turbulencia para fingir un sobresalto y con un gemido me lanzo hacia el lado opuesto, dejándome caer en el borde de la ventanilla. Simulo dormir por un buen rato hasta que el piloto habla de nuevo por el altavoz, esta vez pidiendo que llenemos los formularios de aduana. Entonces aprovecho la ocasión para abrir los ojos mientras estiro los brazos lentamente procurando hacer evidente mi despertar. Me acomodo en el asiento y recojo mi suéter del piso. Minutos después, un sobrecargo pasa repartiendo los formularios. Con una seña mi vecino le pide una pluma y yo le ofrezco la mía. Él me mira de reojo, titubea. Yo insisto y pongo la pluma sobre su mesa.

 

En la espera, me acomodo de nuevo en el asiento. Los ojos se me cierran y pienso « cinco minutos, nada más ». El barullo se disipa y en un instante todo desaparece.

Torero azul de Tonia Pérez