25 El número que usted marcó

por Raquel Castro Maldonado

Cinco, veintiséis, treintaitrés, veintiséis. Me lo aprendí cuando era muy pequeña, junto con la dirección (Perú, cientotreintaiséis, interiorcuatro) y mi nombre completo –nombre artístico, en aquella época– “Caquel Cato Miau”, que era más fácil de pronunciar y más interesante que Raquel Castro Maldonado.

Mi mamá invirtió mucho tiempo en asegurarse de que me aprendiera esos datos. Insistía en que debía sabérmelos por si me perdía. Eran, claro, tiempos más amables que los que ahora corren: no se pensaba que una niñita perdida pudiera acabar destazada, violada, vendida o eviscerada.

Se pensaba, en cambio, que si conocía bien su teléfono y su dirección, algún alma caritativa la llevaría de regreso a su casa. Así que, gracias a la terquedad materna, me los aprendí a conciencia: “Me llamo Caquel Cato Miau, vivo en Perú 136 interior 4, mi teléfono es 5-26-33-26″.

Tanto así, que aún me acuerdo, a pesar de que hace casi veinte años que no vivo ahí. Cuando tenía quince años murió mi madre; poco después murió también mi abuela y los demás nos mudamos muy lejos del centro, tanto, que el número de teléfono empezaba con seis.

Siguió pasando el tiempo, cambió la marcación de números de teléfono en la ciudad (agregaron un cinco al principio de todos los números) y las vueltas que da a vida me llevaron a trabajar a pocas cuadras de Perú 136, interior 4.

A los pocos días de empezar en el nuevo trabajo sentí la curiosidad enorme de ver qué había sido de mi antiguo hogar. ¡Y qué sorpresa me llevé! La fachada seguía siendo la misma, el balcón estaba en su sitio, pero detrás de éste no había nada: el edificio entero estaba derrumbado, y sólo habían dejado el frontispicio, como en set de película del oeste.

Lo lógico habría sido no volver a pararme por ahí y olvidar el asunto. Pero, en cambio, lo que conseguí fue que regresara a mi memoria el número: cinco, veintiséis, treintaitrés, veintiséis. 

Entonces adquirí el hábito de salirme de la oficina por cualquier cosa, sólo para ir a ver la fachada de la que fue mi casa, por puro ocio.

También por ocio, cuando no tenía nada que hacer y había un teléfono a la mano, me dio por marcar el número tan bien aprendido, con su cinco extra al principio, a pesar de que jamás me tocó marcarlo así cuando viví en esa casa.

No sé qué esperaba yo: quizá que alguien igual de ocioso me respondiera, para decirle “oiga, ése era mi número cuando niña” y platicarle de los guisos de mi abuela, de los hábitos de lectura de mi mamá, de los inventos anti-asaltos de mi tío Jorge o de los regalos de mi tía Amparo… Así de patética puedo ser cuando tengo tiempo libre.

Por suerte para mi hipotético interlocutor, cada vez que marcaba el número (55-26-33-26), una voz plaguienta me informaba: “el número que usted marcó no existe”.

 

En diciembre –culpemos al frío, a las navidades, a la disminución en la carga de trabajo– el ocio se combinó con una nostalgia perniciosa. Una mañana estaba, además de melancólica, sola y aburrida, esperando la hora de salida del trabajo. Además tenía hambre, y soñaba con un buen plato de ropavieja con harto chícharo, de ésa que nadie sabe hacer como la hacía mi abuela.

Casi sin darme cuenta, tomé el auricular del teléfono y marqué como se me estaba haciendo costumbre: 55-26-33-26. No tardó la grabación: “Lo sentimos. El número que usted marcó no existe”.

Entonces, no sé por qué, lo marqué como me lo había aprendido, como se marcaba antes: 5-26-33-26.

Para mi sorpresa, me dio tono de estar llamando. Mayor sorpresa: alguien contestó.

—¿Bueno? —la voz se me hizo muy conocida. Pensé en colgar, pero me ganó la curiosidad.

—Bueno… —respondí casi en un susurro, sintiéndome aterrada y ridícula a la vez.

—Mijita, ¿ya vienes? Te estamos esperando.

—¿Mamá Lupita? —pregunté, al no quedarme dudas: era la voz de mi abuela.

—¿Qué pasó, doña Caquel Cato Miau? ¿Ya vienes? Hice ropavieja.

Se escucharon ruidos, murmullos y volvió al auricular la voz de mi abuela. Era clara, nítida, como si estuviera a mi lado, como si sus labios estuvieran a pocos centímetros de mi oído:

—Dice tu madre que le traigas algún libro y que no te tardes.

 

No me da demasiada pena confesar que un temblor incontrolable me hizo tirar el teléfono. Cuando lo recogí, lo único que se escuchaba en el auricular era el tono de dar línea. Y mi curiosidad tiene un límite: no me atreví a marcar de nuevo, ni a pasar por mi ex-casa a la salida del trabajo.

Pero sé que un día voy a llamar. Y que si me contesta mi abuela, y vuelve a invitarme, no podré decir que no. Iré con ella y con mi madre, lo sé, a comer ropavieja.