29 Dina

por Susana Della Latta

Nadie podía olvidar que a Dina se le cayeron los párpados cuando tenía 40 años.

Para mantenerlos abiertos usaba dos cintas adhesivas que colgaban de sus cejas.

El mismo inconveniente aquejó a Aristóteles Onassis, pero él se valió de otros métodos.

De la unión de Dina con Herminio nació un hijo varón, Atilio. Mismo nombre que su abuelo, ex sacerdote de una iglesia en Génova.

Dina fue tan temerosa a nuevos partos que prefirió quedarse solamente con Atilio, descargando así su sofocante tibieza maternal.

Atilio no cesaba de llorar. Cuando era un bebé lloraba de noche; cuando era un niño lloraba por las golpeaduras de otros niños; adolescente lloraba ante el espejo al verse crecer vertiginoso; y lloraba adulto cuando el patrón no le daba el salario del mes.

Dina escondía los centavos en lugares secretos de la casa para completar ahorros sin fin del primogénito.

Dina no aprendió a escribir, pero sacaba cuentas impecablemente. En la cocina se podían encontrar largas sumas en tiras de papel.

Sus párpados decidieron no hacer más esfuerzos por abrirse cuando Atilio se casó con una mujer nacida en Zaragoza. Filia da puta, dijo, y besó aquel gastado mapa genovés, con la aflicción de un personaje de Puccini.

Hubo que usar cintas más resistentes e incoloras para que los muchachos del vecindario no la observaran con morbosidad.

Un día fue a cobrar su jubilación. Caminó 10 cuadras al sol para no gastar su dinero en transporte y llegó al edificio agotada. Las cintas empezaron a despegarse por el sudor aquella tarde de primavera en Buenos Aires.

La encontraron unos vecinos sentadita en un banco. Estaba dura y apretaba una larga tira de papel con 28 cifras antecedidas por el signo de pesos…

descolgando de Begoña González

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