30 De terra Brasilis

por Héctor Manuel Gutiérrez

Tristeza não tem fim

felicidade, sim

Vinicius de Moraes-Antonio Carlos Jobim

 

I

 

Porque hay veces en que ya no hay ganas, se deja de tocar las estrellas, nadie se hace eco de tus liviandades.  Por el contrario, se reproducen los críticos, aquellos cuya mayor preocupación es encontrar defectos.  Se hunde uno en las nubes, se eleva en los ríos, sin saber qué hacer: si estrenar un pasado o tragarse un cilicio, convertirse en molusco y acomodarse en mis propias consecuencias acompañado de enjutos suspiros.

 

Recuerdo las ocasiones en que veía sin mirar, me sentaba estático, en silencio, sin ocurrírseme un sema o una idea siquiera.  Mi lira no exprimía sino gotas discordantes.  Se devuelven, por asociación, las imágenes de otras ciudades, mis caminatas por avenidas calurosas y solitarias que se movían hacia atrás con desgano, mientras la tierra me empujaba, me machacaba las plantas de los pies, o me los apretujaba, como combatiendo las toneladas que las suelas de mis zapatos depositaban con paso de gigante aburrido.

 

No se olvidan los acerbos comentarios de sobremesa, ya cotidianos…tampoco los soles opacos de Seattle, la nieve-lodo de Nueva York…la impuesta planicie de Miami y en ella el paso de conductores y pasajeros que en cada luz roja con negros anulares extraen una polvoreada solidez de las narices… el carro en su circular instinto siguiendo su memorizada rutina, desde y hacia, planchando perros calientes y gatos ahumados que se fríen en el asfalto.  ¿Cuántas veces no me tragué un deseo, o me asfixió una frase?  ¡Cuántas veces no amanecí con un obituario en la frente, o me asaltaron en una inesperada esquina, las “trovas fascinantes” de Donato Poveda, Alberto Tosca, Santiago Feliú, Carlos Varela!  Símiles vigentes dentro y fuera de la isla.  Estrofas que tocan salidas, evocan inasibles puertas y ventanas.  No aluden precisamente a deudas o contratos, pero sí hablan en términos ridículamente primarios, con recursos sur-realísticamente primitivos.  ¿Quién dijo que faltan acosos?

 

Pero de pronto algo me golpea.  Se me abre el verso y siento que un poema es, en la pre-génesis, una inquietud, un escozor.  Es algo que corre o navega por un extraño océano, cuyas corrientes no son más que metáforas en reverso, morfemas invertidos que esperan un recodo, un giro o un cobijo.  ¿Se puede llamar flujo poético?  Reinicio entonces la búsqueda del sabio.  Aquella que empecé a temprana edad y que perdí o no me importó en la pubertad “sé que debo incesantemente reciprocar lo que recibo, que no es poco”.

 

Me sobreviene entonces un chaleco de mimesis, me regodeo en otros poetas, creo creerme uno del grupo y me entra una sensación de no regreso.  Como un Pierrot, se me antoja a la vez estar  plácida y angustiosamente incursionando al otro lado de la realidad.  Me veo empapado por una intensa lluvia de estímulos, hirviéndome en un extraño conocimiento de percepciones que me urge transmitir “no pido nada a cambio.  Me conformo con lo mínimo.  Me conforta la libertad escondida tras las cosas.  Me alimenta su accesibilidad a mi afán, para así hacerme a la vez partícipe y vehículo.  No soy más que un testimonio del cosmos”.  Se manifiesta, sin esfuerzo, una eliminación de trabas, un desanclar de almas, un alud de quisquillosas moléculas.  Veo las cosas de detrás, de dentro, de acá. Lo que parecía remoto se acerca, lo lejano se aleja.  La transmutación es ya inevitable.  Y así me da por recordar la pesadilla del hotel, en donde yo era el vestíbulo por el que pasaban despiadadas las gentes.  No falta la del “piso 18” que, de acuerdo con el conserje, nunca existió.  Ni la del que era yo el vacuno dueño del ojo de Buñuel.  Se impone también la del ascensor, donde varado, me convertí en celda sartriana, mi cerebro cansado ya de tantos intentos de escape.  Noto que en raros casos los sueños son menos reales que la cotidianidad.   Y me empiezan a nacer preguntas locas en la médula, en la cutícula y en los poros ahora abiertos: ¿por qué la atracción de lo prohibido, que como cola de escorpión, simultáneamente te llama y te amedrenta?  ¿Por qué se puede decir “mi vida” y no “mi muerte”?

 

En fin, ¿qué más puedo hacer?  ¿Enfrascarme en un texto erótico, aquel que, según Cabrera Infante, se lee con una sola mano?  No; el producto tendría que estar exento de nimiedades existenciales, tendría que cumplir una función de mayor trascendencia: “me llega la inmensidad del firmamento, la caricia de los elementos, la aparente simplicidad de la naturaleza.  Muchos se quedarán en la comodidad de la nada, en el finito momento del placer, la liviandad de la existencia, el no agradecer.  En mi sucesivo despertar, renuevo y pulo mi voz, mi canto y mi sentimiento.  Aceito los medios disponibles en mi tarea”.  ¡A celebrar las pequeñeces, a desmitificar las grandezas, a cotizar!  ¡A iniciar un choteo de presentes, pretéritos perfectos e imperfectos, de singulares plurales, de esdrújulos monosílabos que sonaron bien y caen simpáticos!

 

Lejos, frente a la cáscara de las cosas, más acá de su dermis engañadora, quedaban la rigidez de la gramática, los maestros que odian la prosa, los colegas que no me creen poeta, y los amigos enemigos de mis preferencias sintácticas.  Allá quedaba una mujer que, llena de celos horizontales, me acusa de miope, ladrón de cronos semánticos y creador de etimológicas infidelidades.  Se empecinan en buscar al yo que escondo o se esconde.  Cuestionan obsequios de albergue y pociones de alimento a mis personajes, resienten el cohabitar con mi afición.  No importa.  Reales o irreales, a cada uno escuché.  De todos aprendí.

Ah! Esse Brasil lindo e trigueiro

E o meo Brasil brasileiro

Terra de samba e pandeiro

Brasil, Brasil

Brasil, Brasil

Ary Barroso

 

II

 

Contaba Bertita Harding que al morir, el rey Sebastián no dejó herederos y la corona pasó a manos de Felipe, pariente muy lejano del venerado monarca portugués.  La entrada de Napoleón a España, en ese momento aliada a Portugal, que muy pronto también caería bajo las botas francesas, precipitó la huida a Brasil del regente Don Joâo, último en una larga línea de accidentada sucesión. En 1808, el improvisado monarca, viva representación de la debilidad en cuerpo y espíritu, regía, en teoría y en contra de su voluntad, los destinos de Lusitania y sus posesiones.  Con la muerte del padre y el enloquecimiento de la reina madre, Joâo heredaba el trono por proceso de eliminación, más que por liderazgo.  Fueron su marca de fábrica la cobardía, la falta de madurez y escasez de escrúpulos, además de una terrible adicción al pollo frito.

 

Carlota Joaquina fue “prometida en matrimonio al heredero del trono de Portugal” cuando apenas tenía diez años.  Desde pequeña dio muestras de inteligencia, buena memoria y erudición, aunque esto último poco le sirvió en su madurez.  Mientras Joâo era “tedioso, obeso y reprimido”, Carlota Joaquina era “precoz, maliciosa y llena de vida”.  Como era de esperarse, la arreglada unión del débil regente con la infanta española fue un fracaso aun antes de consumarse.

 

El hecho de llevar el apellido real no la excluía del resto de la población, que se veía obligada, entre otras cosas, a exhibir dentaduras de cedro centenario.  Lo dictaban los últimos gritos de la moda inglesa que percutían aún en los más insignificantes miembros de la corte lusitana.  Era además el mejor remedio para el deterioro de las piezas bucales provocado por el excesivo disfrute de las golosinas traídas de España y la tradicional falta de higiene.  Las manchas carmelita obscuro se mostraban indiscretamente bajo la tímida luz de los candelabros, en especial cuando Carlota dejaba escuchar su burlona risa o dejaba escapar las más gráficas malas palabras que existen en la rica lengua de Cervantes.  Vistos en el microscopio, los bichos parecerían extrañas criaturas.  De apariencia inocente y hasta cordial,  se les vería en su constante fajina: roer y roer hasta la saciedad, como mandaban sus genes.  Sus diminutos desperdicios se adherirían al tejido sano con el contacto con la saliva y estimularían el cultivo del moho anaerobio y las algas, tan propensas a reproducirse en la humedad.

 

Esta era la Carlota que arribó a principios del siglo XIX a la Baía de Todos os Santos.  Traía un solo vestido, apenas un juego de ropa interior, enaguas y un par de zapatos.  El vestuario real, con la precipitación de la paranoica héjira se quedó encerrado en cientos de baúles apilonados por los muelles de la abandonada y oscura Lisboa.  Le acompañaban el endeble rey con su madre María, a quien apodaban “la loca”, los seis hijos del regente, mil quinientos miembros del decadente séquito portugués con sus respectivos familiares y los esclavos que cupieron en las pequeñas e incómodas embarcaciones.  Los transportaba una quebradiza flota de 36 carabelas con una tripulación castigada por la falta de sanidad y mala alimentación.  Cuentan que en cada una de las naves se proclamó una impresionante plaga de piojos, que indistintamente se alojaron en los cabellos de todos a bordo, incluyendo al futuro rey y el resto de la descendencia real.  La futura reina “nunca le perdonó a Brasil” y lo que éste representaba, el haber tenido que llegar a las costas bahianas con la cabeza afeitada.  Acostumbrada “al lujo y la sofisticación” de las cortes de Europa, se vio permanentemente afectada por las condiciones primitivas del territorio americano.

 

Los viejos mapas muestran la ciudad donde desembarcara Carlota, asentada en un promontorio.  A un lado se impone el Atlántico, con su conmixto de profundidades, pigmentos y promesas de largas distancias.  Al otro lado, la legendaria bahía, exuberante boca salpicada de docenas de islas, contentas todas, hasta las más pequeñitas, en su simultánea condición de esclavas y libres, guardadas siempre por Itaparica, la celosa y orgullosa hermana mayor.

 

Capital de la colonia por más de dos centurias, Salvador, más que ningún otro puerto, era punto de partida o destino de deseos y esperanzas.  Los portugueses trajeron allí y al resto del territorio, además del idioma y el gusto por la carne y el ganado que la suple, varios rasgos que contribuyeron a la formación de la brasilidad, incluyendo, entre otras cosas, una desmedida pasión por lo suave y dulce que se deja sentir no sólo en las comidas, sino en la evidente promiscuidad del comportamiento criollo.  “Miraban con desdén el trabajo manual, idealizaban a la mujer morisca, de piel oscura, largos cabellos, misteriosa y superlativamente erótica”, cuentan los libros de historia al describir a los portugueses.   De ahí que el criollo heredara de los moros una peculiar tolerancia de las creencias africanas traídas a la fuerza y grabadas en la mentalidad de los esclavos tras siglos de recontadas tradiciones.   El suyo era un catolicismo acomodado que permitió la convivencia de dioses de otras cosmogonías, preservados en el candonblé, religión compartida en sociedades secretas y no tan secretas en Cocodrilo Verde, una de las islas del gran archipiélago antillano.  A diferencia de la cristiandad inglesa o francesa, cuya rigidez los mantenía alejados de los nativos, los portugueses se integraron en lo que hoy conocemos como Brasil.  La influencia mora había inculcado en la psique peninsular además, “aspectos decididamente orientales”, como el exhibicionismo, la poligamia, el patriarcado, más la reclusión doméstica de la mujer y su dedicación a elaborar exóticos postres para el deleite del patrón.  Salen aderezados con ingredientes de particular variedad, entre los que resalta la clara de huevos: ombligo de ángel, los pezones de Venus y la baba de la virgen, siempre presentes en el rito de las comidas.

 

Las indígenas, que como las moriscas disfrutaban bañarse desnudas en los ríos y se entregaban voluntariamente a las estrecheces sexuales de los colonizadores y aventureros, se convirtieron al principio en un sueño hecho realidad y agregaron a la dieta del colono, además de sus apetitosos jugos naturales, otros imprescindibles componentes de la mesa diaria: la mandioca, el boniato, las nueces y el cacao.

 

No mienten cuando dicen que los colonos trajeron consigo la riqueza de las leyendas sobre princesas moriscas y otros mitos que, como era de esperarse, cohabitaron en el nuevo folclore. Estos detalles de poca importancia para ojos legos marcan el “comienzo de la mezcla racial” que más tarde asumiría mayores dimensiones con las relaciones íntimas entre los colonos blancos y las esclavas africanas.  Éstas, que literalmente se encargaban de las faenas de la cocina, a su vez introdujeron el óleo extraído de las fuertes palmas del oeste del continente negro, las bananas, los pimientos morrones, los frijoles y el azúcar prietos, diariamente fundidos en el calor sazonado de las ollas de barro.  Responsables de la doble labor de cocinera y nana, de ellas provienen los sobrenombres de origen africano, íntimos y cariñosos, compartidos con niños y amantes por igual.  Enjuagados con la lengua del amo en criolla confabulación, la entonación resulta al mismo tiempo melodiosa, triste y leda.

de Adriana Campo

 

Mas a gente gosta quando uma baina

Samba direitinho, de cima embaixo

Revira os olhinhos dizendo

Eu sou filha de Sao Salvador

Geraldo Pereira                                                          

 

III

 

Establecido ya en el Nuevo Mundo, con el paso de los años el cauteloso pero indeciso monarca se había convertido después de todo en un gobernante lleno de astucia y energía.  Según atestiguan los documentos de la época, María la Loca, acosada por fantasmas que su propia mente había creado, por fin murió en 1816.  El heredero al trono se proclamó entonces Rey de Portugal y Brasil con el título de Joâo VI el Clemente.  El otrora débil regente, asesorado por los interesados ingleses, abrió las puertas a la exportación, creó escuelas de medicina y bellas artes, un banco nacional brasilero y hasta acueductos para Salvador y Río, esta última, aunque convertida en capital del imperio desde 1763, no tenía todavía aspecto de ciudad cosmopolita.  En términos generales, convertir al Brasil en la cabeza del imperio portugués en aquel momento histórico del primer cuarto del siglo XIX, era una excelente estrategia.  El estado de cosas sugería que para administrar un poder mundial de aquella magnitud, el enorme dominio amazónico reunía las condiciones idóneas para mantener una amplia competencia o aventajar a los españoles.  Se sabe ya que éstos últimos se vieron afectados no sólo por las ambiciones napoleónicas, sino por el sentimiento de independencia que había infectado sus colonias unido a la fragmentación de la conciencia nacionalista en la propia península.  De todo esto se desprende que fue la huida del regente don Joâo lo que precipitó los acontecimientos que permitieron la realización del gran proyecto que se llamó Brasil. Como medida práctica e inteligente, Joâo enalteció en parte a aquellos sectores de la sociedad de la colonia que pudieron comprar títulos de nobleza.

 

Carlota, por su parte no tardó en mostrar su desencanto en tierras amazónicas.  Dicen que en algún momento de su etapa preembriónica se canjearon en ella algunos mensajes genéticos.  El trueque tendría repercusiones tardías.  La infanta no alcanzó a tener la distintiva protuberancia submaxilar de Felipe.  Sí heredó una inexplicable tendencia a producir una alta dosis de testosterona que en su adolescencia precipitó el crecimiento de un vello superfluo alrededor de los labios, y que hacía destacar aún más su borbónica nariz.  La producción al principio insignificante de estas hormonas, trajo consigo, además de una multiplicación de la población capilar, un aumento de su espesor, acompañado de un voraz apetito sexual que fue creciendo en proporción desmesurada a medida que entraba en años.

 

“Sobre todo su cuerpo pareció haberse instalado una hirsuta anarquía”, subraya Harding al hablar de Carlota.  Cuando alcanzó los treinta, acostumbrada desde mucho antes a la pasión y las aventuras adúlteras, el cambio hormonal creó en ella un gusto carnal descomunal, sólo comparable al del regente por el pollo frito.  Este trastorno le ganó la reputación de poseer la atlética agilidad de concebir hileras de orgasmos que con frecuencia duraban de 24 a 36 horas, condición poco usual aun entre las andaluzas, y que se convirtió en una responsabilidad que ni el propio rey, por más poderoso que fuere, podía compartir. Nadie en toda la monarquía portuguesa era capaz de satisfacer las especiales demandas de Carlota.  Se necesitaba un individuo parte humano y parte divino para encargarse de tan ardua empresa.

 

Sólo un liberto de facciones agradables, alto, fornido y casado con la mulata más bonita que ojos humanos hubiesen visto reunía los atributos de lugar. Era descendiente directo de un cimarrón a quien en sus tiempos apodaban Mangueiro.  Según los ancianos del área, éste apenas pasaba las pocas horas de sueño que le permitían en las pobladas barracas, sobre dos camas acomodadas en forma de “t’, una para el cuerpo del esclavo y otra para los pies.  Eran tan enormes que parecían tener vida independiente.

 

La naturaleza, con su planeada generosidad, le transfirió al mulato las más sobresalientes características de su bisabuelo y de los padres de éste, incluyendo, desde luego, el tinte de la piel.  Ganó sin esfuerzo su reputación por la increíble resistencia que poseía de mantenerse en sus plantas por días y días, sin dar muestras del menor cansancio.  Contribuyó también a su fama la extraordinaria capacidad para producir ejemplares que luego servirían de mano de obra en los sembradíos de caña que tanto abundaban en la zona noreste de la envidiada colonia.  Sus ancestros, aseguran las malas y las buenas lenguas, fueron responsables de producir grandes cantidades de pegamento, suficientes como para encolar las enormes vigas de caoba que sostienen el techo de la Igrega dos Pretos.  Dicen que cuando se ordeñaba, su esperma tenía un poder adhesivo tanto o más fuerte que el del puré de papas que dio forma a las hoy importantes ruinas de Machu Picchu.  Su preciado albumen, tan viscoso y eficaz, superaba en calidad al almidón de yuca que une las piedras del Morro de La Habana.  Para nadie es un secreto que tras cinco siglos de embate de huracanes de cañón mercenario, los muros aún se yerguen majestuosos e imperturbables.

 

Con su acostumbrada voluntad y prepotencia, Carlota demandó conocerlo.  La reina se quedó prendada de la belleza y dotes de tenacidad del negro y poco tardó en convencerlo de que fuera su amante.

 

Nada pudo frenar las escandalosas relaciones de la reina y el ex esclavo; ni siquiera el monarca, cuya frecuente palilalia y eyaculación precoz, junto a la fertilidad de Carlota, aseguraron la transmisión de la corona a herederos que, afortunadamente para los brasileros, adquirieron lo mejor de dos mundos.  Habría que agregar que la tarea se dio en parte por la ambición del liberto, quien con el tiempo se convertiría en presidente del banco que hacía poco había fundado el rey.

 

El verdadero obstáculo lo constituyó la amorosa esposa del improvisado banquero.  De acuerdo con los que la conocían, era fiel representación de la mulata brasilera que habían idealizado los colonos: delgada y casi menuda, de rasgos refinados, ojos oscuros, de mirada alerta y labios de fruición.  La piel esculpía tonalidades que combinaban la blancura aceitunada de las lusitanas, el rojo cobrizo de las indias y el llamativo moreno de las esclavas.  Le adornaba la cabeza una cabellera larga, de híbridas y fuertes ondulaciones, que desprendían matices de caoba endrina.  Éstas se repetían en el hechizo de fauna y flora situado debajo del ombligo.  Tenía pechos firmes, cintura ceñida y caderas capaces de producir un motín en el más silencioso de los conventos.  Su espalda terminaba en cautivadores compromisos anatómicos que anulaban las nalgas casi tristes de las portuguesas, reducían la exagerada protuberancia africana y elevaban los endebles glúteos indígenas.  El saldo de etnias la favorecía.  Salió ganando Brasil.

 

Sin perder su integridad moral, la criolla hizo lo imposible para salvar su matrimonio, desde consultar a las deidades hasta enfrentarse a la reina misma.

 

Una mañana de enero un puñado de Hijas de Oxalá se disponía a cumplir con el rito de lavar las escalinatas del templo erecto en honor al gran Orixá.  Así encontraron el cadáver de la bella mulata.  Apareció tendida bajo inexplicables circunstancias, a pocos escalones de la Igrega de Nosso Senhor de Bonfim.  Vestía de blanco virginal, como las otras del grupo, la tez aún tibia, como las corrientes bahianas del primer mes del año.  Su hermosura la acentuaba la muerte.  Parecía estar dormida.  Muchos dicen que se sacrificó por devoción al moreno.  Otros aseguran que fue el dolor de saber que una mujer de piel de lobo compartía el amor del célebre liberto. Fuentes dignas de crédito atestiguan que la decadente reina, viéndose envejecer mientras los vellos le crecían más y más con el rechazo del superdotado liberto, la mandó envenenar, aunque nunca se comprobó la veracidad de este y otros hechos de mayor o igual trascendencia.

 

Con el paso del tiempo, en las montañas y valles brasileros, ciudades y campos, familias y estados, se ha multiplicado de número de mulatas de habla dulce, suaves contornos y sugestivas consonantes.  Abunda el mestiço, el caboclo, el moreno y el cabosverde, el quase branco o quase preto.  Ya no hay monarquías ni emperadores.  Ahora hay Villalobos y Nascimentos, feijoada completa, filhos y filhas de Santo.  Hay escuelas de samba, reyes, jardineras y piratas que bailan en carrozas animadas.

 

En enero las vírgenes de blanco recuerdan a la bella muerta.  Continúan los lavados de escalones en todos los terreiros de candomblé y umbanda.  Los feligreses aumentan y heredan, se convierten o crecen, se renuevan.  En ellos se impone con fuerza ancestral, como si de ella dependiera una raza entera, la eterna pregunta: ¿por qué se fue cuando más vida y belleza tenía?  Exú, Oxum. Iemanja y el mismo Oxalá guardan silencio, como dicta el antiguo hábito de los dioses traídos del Dahomey, como talvez acaeció y ocurrirá en futuras muertes y pasiones.

 

Se eu 

pedir vocé me da

O seu coração de Bayana também tem

Sedução, cangerê, ilusão, candonblé

Para vocé

Dorival Caimmy

 

IV

 

Encuentro a Jorge Amado caminando las empinadas aceras de Cidade Alta.  Es el alcalde que conoce los sudores del puerto, los amores de sus balcones, las orgías febrerinas, las viejas casas de Pelourihno cromadas de comestibles: mantecado napolitano, almendra, menta, lima, leche de coco.  Va deliberadamente desnudo de noticias, ávido de voces, eludiendo comités de fallidas éticas… a sus obligaciones.  Se mueve como una esponja, con la majestuosidad del Ova, Gran Maestro de candomblé, protegido de los Orixás, cazando figuras, vaciando lunas, absorbiendo causalidades que luego se convertirán en descriptibles y sensuales fórmulas que funcionan: La guerra de los santos; Gabriela, clavo y canela, Doña Flor y sus dos maridos, Tiesta.  Como él, me aúno en entidades mágicas en busca de un tropo.  Afortunadamente para él y para mí, no sólo abundaban, sino que se ofrecían, con la exclusividad de las orquídeas, como adivinando que tarde o temprano los usaría a mi antojo: yo beneficiándome con la regalía, ellos contentándose con la liberación.

 

La tarjeta postal que había recibido anunciaba ya otro inminente período, que es como decir un punto acorralado entre dos sentencias, rico en creatividad, largo silencio de cementerio, un aporte a mis frecuentes cuarentenas.  Allí se respiraba el legado de expediciones lusitanas.  Se engullían melodías sazonadas por siglos de especias.  Se complacía una comunidad otrora europea y dominante, esclava o africana, republicana o monárquica, capitalina o provincial, ahora mestizamente bahiana, donde la negritud es ideología y lo criollo canto.

 

Llamaba inmediatamente la atención un perenne bronceado de irresistibles olivos y bermejos que se repetía en instancias cada vez más hermosas: circonios y topacios fundidos.  Parecía respirarse constantemente una declaración metafísica de sagrado hedonismo, de sutil perversidad: Eu falo o Eu sinto, logo existo.  Los ingredientes estaban ante mí: una excitante tranquilidad, una melancolía en euforia, un éxtasis en calma, en fin, una saudade inefable y necesaria.  ¡Cuánta lozanía!  Las antinomias son mi postre.  Al fondo, la voz de Dorival Caymmi inyectaba un cromatismo descendiente que, sumergido en acordes menores, chapoteaba intimismos.  La melodía endulzaba las ventanas como una cortina lograda en fino algodón playero, confabulándose con un sol en gestación que pronto bañaría las fachadas coloniales de una ciudad que canta y encanta.  La brisa que se colaba y armonizaba con la música, como el simbiótico mar, me transmitía sus ondulados movimientos, con olas haraganas y espesas.  Se toman su tiempo, coquetean, antes de acariciar los granos morenos que dibujan la playa.  Emiten señales mezcladas con una meliflua brisa que me peina los vellos y almidona mis sábanas.

 

En mi retorno también me despierta, suave y paulatinamente, el susurro de las duchas mañaneras de los que se preparan para el diario quehacer.  Me imagino entonces otros trajines, diferentes horarios y extraños ambientes laborales, bajas compensaciones.  Quizás los mismos aseos diurnos y nocturnos.  Pero me niego a concentrarme en detalles tan prosaicos.  El concierto tenía un toque distintivo, no el de la ciudad en que resido, donde siempre acechan alambres y móviles, autopistas de información y malas noticias.  Al contrario: palpo un diálogo de tradiciones, un continuo compra y venta de gestos relajados, pueblerinos si se quiere, pero cómodos, como un baile que no necesita ensayo.  Vienen de otras habitaciones, amplificadas por las antiguas tuberías que alimentan el centenario edificio donde pernoctaba, como venas metálicas, cual pipas de órgano barroco portugués empatadas con flautas de bambú del Dahomey.  Todavía en cama, me convido pensativo.  Mejor o peor, pero ya todo me parecerá distinto.  Pasó la sequedad.  Quedó la sal respirable en el espontáneo coito de húmedos oxígenos e hidrógenos.  Ya no seré el mismo.  Ni lo querré ser.

 

La falda compartida de las montañas moría armoniosamente en los linderos de la mulata ciudad, con su peculiar redondez equilibrada y con olor a timbre de tambores que preñan con melaza el zumo del café recién liberado.

 

En Pelourihno las angostas calles huelen a batido de marañón, dulce de jengibre y quimbombó que resbala en aceite de dendê.  Más abajo, como en milenios anteriores, la bahía, sonriente, se deja penetrar.

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