20 Cantos del Centinela (selección)

por Esteban Luis Cárdenas

CANTO TERCERO

La ciudad es una solitaria vibración junto al mar
o el ala de un pájaro,
urdidos por la perversidad de los demonios;
en las pupilas del vigía, el poeta –estallido
y relámpago en los veloces corredores del caos–,
también reluce las infinitas transparencias
de lo oscuro;
el ojo es un espejo en el umbral
de todas las esperas.

Los hombres se han instalado
en la cólera de las aguas,
en su color de púrpura y cenizas,
en la tersura de las islas,
con tanto sol y viento de hojas secas;
con los ojos entornados miran el alto sueño
de luces y cirios temblorosos
grabados en la sombra de una música,
en las negras agujas de las catedrales,
cuando nacen del imán, del subterráneo,
cuando estalla la perfección del número
y la copa sagrada.

(…)

La luz
–la más antigua alucinación del diamante
y las auroras– consagrará,
sobre el lomo y los costados de las islas,
los últimos estigmas de la noche y su estirpe
y con certera agudeza,
iluminará el temblor de sus vestigios;
todo el esplendor y el polvo derramados
sobre la inútil coronación de la quimera.

SUS PADRES NO LE ENSEÑARON
EL LENGUAJE DE LAS FLORES

Sus padres no le enseñaron
el lenguaje de las flores,
ni los misterios de la curva del ojo
en los grabados de antiguas teogonías.

No supo los secretos de la aurora o la noche,
el vuelo aflechado de la garza,
ni el sueño vibrante de los complotados
en los refugios de la muerte o la demencia.

Nunca aprendió tampoco
sobre la rebelión de la Belleza,
el dolor que anida en los muros de las catedrales,
o del amor inexplicable de las caracolas.

Só1o tuvo la oscura visión
de los laberintos y las cuevas
donde la múltiple pupila de la mosca
sucumbe a la pericia de la araña.
Sus padres no le enseñaron
el lenguaje de las flores;

desnudo

lo abandonaron para siempre
en este círculo aterrado,
donde no existe opción
para los rumbos.

LOBO ANTIGUO
Para A. G. B.

Has clavado tus emblemas en la noche
— diamante irreversible –, como un furor
que se dilata, arde.
Sientes el aroma de las bestias asesinadas;
el viento sopla de la orilla difusa.

Tus manos se estremecen,
tus ojos han visto las estrellas,
su lumbre suspensa sobre los campos apacibles.
Se fugan siluetas hacia un pozo.

Voces. Voces.

¿Qué ojo implacable se vierte
sobre los enigmas de tu espera?

¿Quién tiembla cuando aprietas el puñal
que brilla en tus dedos húmedos?

Las profecías tienen olor a sótano,
se pudren entre los viejos cadáveres
que hieden a orina de caballo.

Pero tus colmillos no están afilados,
aún sueñas.

El viento te agranda la mirada
y te detienes a las puertas de los templos,
en las villas derruidas
donde se cruzan, sin verse, los torpes,
los solitarios.

Voces. Voces.

Todo sueño está poblado de mañas,
nadie regresa de uno por su astucia,
só1o la muerte;
acaricia, pues, su aliento, sé su cómplice.
¿No amas, acaso, su simetría de tigre perfecto,
la tremenda hermosura de sus signos?

La belleza te rompe el vientre
con la celeridad de un cuchillo de vidrio;

los sueños estallan,
¡hunde los dientes en el estremecimiento
de los sueños!

Has clavado tus emblemas en la noche,
pero no son ya el brillo alucinado
del diamante.

Sobre tu cabeza de viejo animal,
en la vasta revelación de la negrura,
se desvanecen los signos de tu estirpe.

IMAGEN

Un niño gigantesco, sin madre.
Panorama de insinuaciones desprovistas;
sueños, eclipse desolado;
areas grises, desfiguraciones
de los vendavales y el aullido imaginario
de los perros.
Otra simetría celestial sin término o piedad,
las prevaricaciones sostienen la tristeza;
universo de sierpes y quejidos
penetran en la mente, sin ahogos;
es misterioso. Territorio de la existencia,
las limitaciones dependen de una divina mezquindad.

Avalancha de recuerdos, dibujos insólitos.

Un enfant asustado, aferrado
a la desconocida esperanza, gimotea;
no posee siquiera, una madre ordinaria;

está repleto de tristeza, este niño grandioso.

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