49 Nada hay de malo en ver cómo un pene erecto se inserta en un lubricado orificio vagínico.

por Francisco Enríquez Muñoz

fotografía de Francisco Enríquez Muñoz

La palabra erótico proviene del dios griego “Eros”, quien era el responsable de la atracción sexual, del amor y del coito. Según Platón, fue concebido por Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza), lo cual explicaría satisfactoriamente las diferentes caras del amor.

Eros era, principalmente, el patrón del amor entre hombres, mientras Afrodita presidía sobre el amor de los hombres por las mujeres. El equivalente romano de Eros era Cupido (el deseo), también conocido como Amor.

La Real Academia Española define al erotismo como «pasión de amor» o «amor exacerbado».

David Foster Wallace escribió en uno de sus relatos: «Besar a alguien es como chupar una tubería cuyo otro extremo está lleno de excrementos». Es cierto. Pero la palabra “erótico”, que siempre ha estado tan unida a la palabra “amor”, nos ha devuelto una imagen ambigua de nosotros mismos. Una imagen que de tan atractiva parece linda. Y dado que para estar cómodo sólo hay que elegir lo que nos acomoda, lo que nos sitúa, en el arte el desnudo humano, sobre todo el femenino, se ha convertido en erotismo, que es el desnudo total que inspira una impresión de salud, de belleza, y que no muestra explícitamente la función sexual de los genitales. Sin duda, la pornografía genera conflicto porque sí aborda la función sexual de los genitales. Lo explícito entonces ya no es arte sino pornografía.

La crítica es una reacción. La crítica es necesaria. Hay que tragarla. Significa que te prestan atención. La crítica indica que la pornografía es de mal gusto y el erotismo de buen gusto. El buen gusto es lo light, lo ligero, lo diluido, lo sin complicaciones, sin vueltas de tuerca aparentes ni calorías de más. No lo que Calvino llama levedad, que es doblemente complicado que lo compuesto, la búsqueda del punto cero por medio de la abstracción de las formas sencillas. La gravedad sin peso que se eleva sobre la muerte o la negación de los sentidos, para describir lo que a ojos comunes parece fútil: imágenes ópticas, rayos luminosos, sensaciones inclasificables como en los poetas Novalis o Cavalcanti. No. El buen gusto es la idea de que se puede vivir sin consecuencias. Supone que al negar lo complejo se gana en simplicidad (exactamente lo opuesto a la levedad descrita por Calvino). Si se eliminan los genitales, tenemos erotismo: arte inofensivo. En el universo del buen gusto, el arte inofensivo todavía existe. Y las buenas intenciones. Y las promesas que se cumplen. Y la alegría. Es la respuesta institucionalizada (o por lo menos de las instituciones que realmente importan hoy en día) a la cruda realidad. La ecuación del buen gusto es simple (verdad religiosa, argumento de venta, axioma filosófico): desnudo sin genitales igual a arte erótico igual a material digno de exhibirse.

En un gran número de ocasiones, no es la obra artística lo que provoca el rechazo y el obligado descenso al infierno del mal gusto, sino el lugar donde esa obra es expuesta. Por poner un ejemplo, la fotografía de una felación publicada por la revista Hustler será considerada por los iluminados con vocación censuradora (críticos, editores, gente de cine, políticos, sacerdotes, ociosos profesionales y demás fauna) como un trabajo execrable, destinado al consumo de pervertidos, mientras que si la misma fotografía es incluida en un lujoso (y carísimo) libro de la Editorial Taschen, la apreciación será diferente.

Aunque parezca increíble, en estos tiempos de Twitter y Facebook, aún prevalece la timorata idea de que el erotismo es elegante y sublime, y la pornografía posee una naturaleza sórdida e injustificable. Esto destapa no sólo muchos rasgos de hipocresía (pues la mayoría de los iluminados con vocación censuradora no hacen sino apropiarse en su vida privada de los productos que en lo público reprueban con indignación vehemente) sino también de férrea estupidez. Ésta se halla en el hecho de considerar al coito una cuestión vergonzante. Es decir, lo erótico (donde no hay indicios del coito) sería lo bueno, lo que no avergüenza, por contraste con lo pornográfico (donde hay claras manifestaciones del coito), que sería lo malo, lo vergonzante. Los iluminados con vocación censuradora dividen todo en bueno y en malo. Y atribuirle a una obra artística (ya sea una película, un cuadro, un libro) alguno de esos dos adjetivos es retornar a una época oscura donde el criterio se base en prejuicios de orden moral. Y esa moral, fácil, es en la que ya ningún iluminado con vocación censuradora cree ni practica, pero que todos ellos declaran defender, por aquello de mantener la ilusión de que existe una. La moral cívica, la moral común, la moral del Pueblo. Todos la traicionan a diario, en la calle, en las oficinas, en tu casa.

Charles Baudelaire escribió: «Todos esos papanatas (…), de cuya boca sólo salen palabras como deshonesto, deshonestidad, honestidad en el arte y otras sandeces por el estilo, me recuerdan a Louise Villadieu, una putilla de cinco francos que me acompañó un día al Louvre, donde nunca había estado. Cuando pasábamos por delante de las estatuas y cuadros inmortales, se ponía colorada, se tapaba el rostro y me tiraba de la manga, preguntándome como se podían exponer al público semejantes obscenidades».

Es un hecho que el éxito de una obra artística depende del grado de shock que pueda provocar. El shock es mayor cuando el espectador se enfrenta a un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico. ¿Por qué? Porque son impresionantes esos contrastes, esas texturas lisas y a veces muy rugosas, esas hebras de líquido transparente, esas durezas blandas. Un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico es a un tiempo locura, pasión, anzuelo, pesadilla y licencia. Imaginen, amigos míos, ver esa imagen en una hermosa vasija de la antigua Grecia, ¿pensaríamos que eso es pornografía? ¿Y si viera esa vasija una mujer musulmana, para quien está prohibido mirar y mostrar cualquier sector de piel? ¿Y si quien la viera fuese un hombre perteneciente al clero de la Edad Media?

Fotografía de Francisco Enríquez Muñoz

El tacto, el olfato y el gusto dan testimonio de la animalidad que subsiste en el hombre. La inserción de un pene erecto en un lubricado orificio vagínico es milagrosa en sí misma, materialista en principio, escatológica al final, ya que al final es un intercambio de humores, de secreciones, de aliento, de olores, de mierda, de microbios, de bacterias. Resultaría simplemente lógico que ese intercambio estuviera circunscrito al más estricto ámbito privado y que, por otra parte, fuera un tema tan ordinario como cualquier otro. No es así. De hecho, el acto de insertar un pene erecto en un lubricado orificio vagínico es el acto más público que existe, pues es contemplado en las esferas de la moral, la educación, la salud, la seguridad e incluso del crecimiento económico.

El hipócrita es aquél que se queja de la basura que se encuentra en su propio cerebro. La hipocresía genera la idea de que la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico no sólo es una imagen que se debe ocultar, sino es una imagen que únicamente quisieran ver las personas perversas y depravadas. Luego viene la sempiterna excusa censora: «Es que eso no es para niños». ¿Tan difícil es explicarles a los niños esa imagen? Que nada hay de malo en ver cómo un pene erecto se inserta en un lubricado orificio vagínico. Que todos venimos de ahí. Que el amor es un término que puede quedar reducido a la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico. Que hacer eso se siente rico. Que hacer eso es necesario. Que eso se debe hacer con seguridad y con responsabilidad, sin miedo. Que eso pasa todos los días, a todas horas y en todos los países. Que el hombre y la mujer se necesitan y se complementan el uno al otro. Que hay tiempo y lugar para todo.

Para mí, sería mucho más fácil explicarle a un niño la imagen de  un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico que intentar explicarle por qué crucificaron a Jesucristo. O por qué se inicia una guerra. O por qué hay gente que se muere de hambre. O por qué los ricos no ayudan a los pobres. Pero, bueno, ya sabemos que no importa qué vea un niño en la tele, en el periódico, en los videojuegos, en las películas, en los cómics; sí, no importa, siempre y cuando no vea la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico.

Si la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico es la exhibición explícita de lo carnal (animal) del humano, entonces la pornografía no es exclusiva del entretenimiento para adultos y su producción para la fantasía, sino que está presente en los imaginarios (conjuntos de imágenes congruentes entre sí) de la resignación y de la frustración. No hay imagen más pornográfica que la del cadáver de Cristo crucificado. Más valdría verlo fornicando con María Magdalena que con tantas heridas sangrantes. Así son ahora las imágenes de los noticieros: los hechos son heridas sangrantes; las imágenes explícitas de heridos y muertos dan cuenta de ello. La Pasión de Mel Gibson es más pornográfica (por hiperreal) que cualquier película triple equis (XXX), y está más cerca del gore. No hay la menor representación del sufrimiento, es explícito, se exhibe con toda crudeza y lo único más porno que el Cristo crucificado puede que sea el Lenin momificado exhibido en Moscú, porque no es la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico, es porno puro sin grafía.

La pornografía para el entretenimiento y la fantasía sexual es, en general, estéticamente mejor. En ella los cuerpos experimentan placer, no sufrimiento; se presentan en plenitud, no en degradación. Psicológicamente debe ser más sano fantasear con un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico que con un mesías crucificado o con un dictador embalsamado.

Todavía no comprendo por qué nos ofende tanto la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico, la crudeza y exposición del placentero y necesario enchufe genital cuando el terrorífico concepto de la obviedad se apodera de todo. Como si en nuestra naturaleza no estuviera presente la lujuria. A los humanos nos gusta sugerir que no cagamos, que no sudamos, que no nos pedorreamos, que no eructamos, que no fornicamos, y tantas cosas más. ¿Por qué negamos lo que somos? ¿Y por qué al revelarlo con obviedad (pornografía) lo condenamos?

¿No hay pornografía en las religiones? ¿La violencia y la guerra no son otras formas de la pornografía? ¿Fornicar está mal y matar está bien? ¿La Naturaleza es pornográfica? ¿Ocultar los genitales es de buen gusto? ¿Negar la lujuria es de buen gusto? ¿Por qué nos ruborizamos tanto por la imagen de un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico? Nacemos de un pene erecto; pero mostrarlo es de mal gusto. Nacemos de un lubricado orificio vagínico; pero mostrarlo es de mal gusto. El amor de una pareja es sexualmente explícito; pero mostrarlo es de mal gusto. ¿Por qué la exposición explícita del placer sexual es de mal gusto? ¿Un mundo de buen gusto un mundo que no es sexualmente explícito? ¿Mostrar el placer sexual es ofender? Y nuestra libertad sexual, que siempre es explícita, ¿es ofensiva?

Si las obras artísticas que aceptan la exhibición de actividades libidinales/carnales son pornográficas, ¿qué es erótico? ¿El futbol soccer? ¿Las peleas de perros? ¿Las telenovelas? ¿La Cajita Feliz de Mc Donald’s? Mal puede hablarse de la pornografía cuando muchos ni siquiera aceptan el erotismo en el arte.

No se puede (ni se debe) fijar la frontera donde termina lo supuestamente erótico (que sería lo bueno, lo de buen gusto) y empieza lo supuestamente pornográfico (que sería lo malo, lo de mal gusto). Hay que entender que el erotismo no es más sublime, culto, de buen gusto o de más clase que lo pornográfico. Charles Bukowski dijo una vez que erótico es cuando lo hacen los ricos y pornografía cuando lo hacen los pobres. Jack Kerouac consideraba que la pornografía es el erotismo sobre un montón de paja. O quizá, como expresa un amigo fotógrafo, la única diferencia realmente significativa entre erótico y pornográfico no sea más que el encuadre y la iluminación. En cualquier caso hay que aceptar que, por delicadamente que se les presente, el desnudo y el coito constituyen siempre objetos sexuales. El coito es una necesidad y, a la vez, un privilegio personal para compartir. Puede decirse que la única razón práctica para no realizar el coito es no tener genitales; entonces, ¿por qué nos hemos restringido tanto, al punto de ver pornográfico a un pene erecto insertándose en un lubricado orificio vagínico?

La línea entre erotismo y pornografía es sólo una diferencia terminológica que no tiene que ver con la cantidad de centímetros de carne expuesta. La pornografía es lo que una clase dirigente, en un momento determinado, considera que no debe ser visto por el resto de la comunidad. Esto se ejemplifica con el uso que se le dio a los frescos rescatados de las ruinas de Pompeya a finales del siglo XVIII. Originalmente públicos en la ciudad romana destruida por la erupción del Vesubio, fueron a parar a un museo secreto de Nápoles al que sólo tuvo acceso la élite masculina local.

Fotografía de Francisco Enríquez Muñoz

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